febrero 10, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

El viaje y la amistad. El afecto, un espejo

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Juan Villoro es una de las voces más lúcidas y sensibles de la literatura y el periodismo contemporáneo: un observador fino de la realidad, irónico sin crueldad, profundo sin solemnidad, y además, un conversador excepcional. Hace un tiempo tuve la fortuna de compartir un viaje con él. Lo invité a Jerez, Zacatecas, para presentar su obra de teatro dedicada a Ramón López Velarde, en el centenario de su muerte, “Retrato hablado”, y después lo acompañé rumbo a Guadalajara, donde presentaría su última novela en la Feria del Libro.

En ese trayecto no íbamos solos. Nos acompañó Tere Vizencio, secretaria administrativa de El Colegio Nacional, cuya presencia aportó equilibrio, sensibilidad y una conversación inteligente que enriqueció aún más el camino. Los viajes —como las amistades— se transforman según quiénes los habitan.

Salimos temprano y tomamos la carretera por Villanueva, Tabasco, Jalpa y Moyahua. Fue un recorrido lleno de paisajes y silencios, de risas y conversaciones profundas. Hicimos una parada en El Soyate, la hacienda de Antonio Aguilar, donde el aire todavía huele a tierra, a tradición, a caballos y canciones. Más adelante, en Jalpa, brindamos con un mezcal generoso, y ya con el sol cayendo en Moyahua, comimos unos tradicionales burritos de los de antes: sabrosos, sencillos, como las cosas que de verdad valen la pena.

Durante el trayecto hablamos de la vida, de la palabra, de la amistad. En medio de la charla, Villoro dijo algo que se me quedó grabado

El afecto, un espejo.

Esa frase —tan breve y tan honda— resume lo que es la verdadera amistad. Porque el afecto genuino nos refleja: nos devuelve lo que somos, pero con más claridad y ternura. En el espejo del cariño aprendemos a vernos sin máscaras, a reconocernos sin vanidad, a querernos un poco más y a juzgarnos un poco menos.

La amistad, entendí entonces, es una forma de educación sentimental: nos enseña sin discursos, nos pule sin regaños y nos ayuda a crecer sin imponer. Un amigo no nos dice quién debemos ser; camina a nuestro lado mientras lo descubrimos.

Entre risas le dije, con admiración sincera:

—Cuando yo sea grande, quiero ser como tú.

Villoro me miró, sonrió con esa ironía suya y respondió:

—Ahí la llevas… por lo menos en lo pelón, me vas a alcanzar rápido.

Nos reímos largo rato. Pero detrás de la broma había una verdad profunda: el humor también es una forma de afecto. Solo entre amigos se puede reír así, sin miedo, sin competencia, sin necesidad de demostrar nada.

Febrero, con su insistencia en el amor y la amistad, me hace volver a ese viaje como a una metáfora perfecta: compartir el camino, escuchar con atención, decir lo necesario con bondad y agradecer las coincidencias que la vida regala.

Pienso también en mi querido Dalai Lama, quien entiende la amistad como una relación fundada en el respeto, la sinceridad y la compasión. Para él, los verdaderos amigos no son los que solo acompañan en los momentos fáciles, sino los que permanecen cuando el camino se empina, se espina y el ánimo flaquea. La amistad —dice— nace de una disposición interior: tratar al otro con humanidad, incluso en el silencio.

En aquel viaje confirmé que la amistad no se mide por la frecuencia de las palabras, sino por la profundidad del entendimiento. A veces basta hablar poco, escuchar mucho y compartir el silencio para sentir que la vida, cuando se comparte, tiene más sentido.

La amistad no se cuenta en llamadas ni en mensajes, sino en la huella que deja una mirada, una palabra o un silencio compartido.

El afecto, como espejo, nos devuelve nuestra mejor versión.

Hoy quizá baste un gesto sencillo: buscar a ese amigo, llamarlo, escribirle, mirarlo a los ojos y decirle lo que a veces damos por hecho. Que su amistad importa. Que su presencia ha sido un regalo. Que el afecto también se dice, y que decirlo a tiempo puede cambiar un día… o una vida.

gerardolunadar2013@gmail.com

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