febrero 6, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

“Como ya no me ves futuro político …”

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Eleaney Sesma

La frase nació como un reclamo entre amigos, pero esta semana se convirtió en una explicación bastante decente de cómo funciona el poder en México.

El pasado domingo, el senador Adán Augusto López Hernández anunció su renuncia a la coordinación de la Junta de Coordinación Política del Senado de la República. No pidió licencia como legislador. No abandonó el escaño. Simplemente dejó el timón del órgano más poderoso del Senado para —según sus propias palabras— irse a “territorio”, a fortalecer la unidad de Morena y a ayudar en la operación política rumbo al proceso electoral de 2027.

Una salida elegante, un argumento conocido. Una retirada que, como casi todo en política, dice más por lo que calla que por lo que explica.

Porque Adán Augusto no es un senador más. Es, probablemente, el político más cercano que tuvo Andrés Manuel López Obrador, casi del círculo familiar. Fue secretario de Gobernación, el encargado de la política interna del país, el operador de los acuerdos imposibles, el hombre al que se le confió la segunda posición más importante del poder durante el sexenio pasado. El que hablaba en nombre del Presidente cuando el Presidente no hablaba.

Durante meses —años— fue tratado como presidenciable. Como heredero posible. Como figura inevitable. Hoy deja la Jucopo, oficialmente para sumar. Extraoficialmente, para no estorbar. Políticamente para enfriar.

Porque su salida ocurre en medio de fuertes señalamientos periodísticos, investigaciones que han trascendido en medios internacionales, versiones sobre presuntas omisiones fiscales y versiones incómodas sobre relaciones y silencios que hoy pesan más que cualquier llamado a la unidad. Nada comprobado en tribunales, pero todo suficientemente escandaloso para volver prudente la distancia.

Y en política, cuando el aire se enrarece, los teléfonos dejan de sonar. Eso me llevó inevitablemente a un recuerdo personal.

Corría el año 2023 cuando tuve la fortuna —o la desfortuna— de coincidir con Adán Augusto en un evento a puerta cerrada. Diputados, senadores, alcaldes, militantes y cuadros políticos de varios estados, cuidadosamente seleccionados. La lista de invitados se revisó varias veces, se depuró. Se filtró, se ajustó, no todos podían estar. No todos merecían estar.

Eran los días en los que recibirlo, saludarlo o presumir una reunión con él significaba estatus, futuro y fotografía. Vi a políticos veracruzanos —y de otros estados— disputarse su atención como si fuera oxígeno. Vi cómo algunos nombres fueron tachados de la lista. Vi vetos silenciosos, molestias que después se convertirían en rupturas.

Incluso recuerdo a un diputado federal, entonces presidente de la Mesa Directiva del Congreso, aspirante legítimo a un cargo mayor, que simplemente no fue admitido. No porque no quisiera, sino porque no debía, o en ese momento, no convenía.

Ese día también vi a un Adán Augusto irascible. Incómodo. Regañando a diputadas y diputados que pretendían presumir cuántos votos habían obtenido. Sonreír a medias para la selfie y refunfuñar con “ese estilo tabasqueño” que a él, le da personalidad. Sin embargo, para el senador estaba claro que el poder no admite alardes ajenos, exige obediencia.

Pero esa historia merece su propio espacio. No fue una reunión menor, si discreta, no inocente. Fue un episodio que explica muchas cosas de lo que hoy estamos viendo. De los silencios, de las distancias, de las huidas calculadas. Y la contaré con calma. Cuando el polvo termine de asentarse.

Hoy solo me interesa una cosa: el frío y no el climático, de eso ya hablamos la semana pasada.

Porque estoy casi segura de que hoy, el senador Adán Augusto empieza a sentir el frío. El frío de quienes antes lo adulaban. El frío de quienes lo buscaban a diario. El frío de quienes hoy prefieren cruzar la acera, bajar la mirada o fingir agenda llena.

Y ese frío me llevó, curiosamente, a un recuerdo más íntimo.

Facebook —ese archivo emocional implacable— me mostró una publicación de hace siete años. Un “amigo” anunciaba que iría a visitarme a mi oficina. En aquella época nos veíamos seguido. Conversábamos largo. Hablábamos de periodismo. Y colaboraba como reportero en El Chiltepín. Había café, había tiempo, había interés.

Hoy ya no llama, dice que irá… y no llega. Compartí el recuerdo. Él respondió que ahora tiene muchas actividades, que el tiempo no le alcanza. Y entonces le escribí, sin drama, pero con una sonrisa sarcástica:

“-Como ya no me ves futuro político, ya no me visitas. Porque cuando uno tiene interés, siempre encuentra espacio para los amigos”.

No fue un ataque, fue una constatación.

Porque la vida —y la política— están llenas de personas que solo permanecen mientras eres útil. Amigos, socios, compañeros de trabajo, camaradas políticos que confunden el afecto con la conveniencia y la lealtad con la oportunidad.

Cuando el objeto deja de servir, el cariño se evapora.Cambian de ruta, cambian de discurso, cambian de persona. Por eso hoy la frase me parece perfecta, para el Senado, para los partidos, para las amistades. Para la memoria.

Como ya no me ves futuro político… Ya no me hablas, ya no me visitas, ya no me buscas, ya no me saludas. Y quizá el verdadero problema no es que no nos vean futuro, sino que nunca nos vieron como personas.

Lo bueno que hay archivos, hemerotecas, cartas, y Facebook que tienen memoria y que confirman aquella frase que don Manuel Zorrilla hizo célebre: “A las opiniones hay que ponerles fecha”. 

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