febrero 7, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

El piropo

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No le crea presidenta.

Esos halagos son amañados. Embaucadores.

Es fuego en los sentimientos.

Para Trump, lo que hoy es un sí categórico, mañana puede ser un no tajante.

Por eso señora Sheinbaum pondere con perspicaz reserva, el elogio vertido hacia su investidura por el impredecible y temerario ocupante de la Casa Blanca.

Sabe que es fanfarrón. Adula por conveniencia para sensibilizar y “sacar raja” con un sugerente piropo.

La presidenta debe analizar con mucha serenidad, la verdadera intención del encomio que soltó el narcisista:

“México tiene un líder maravilloso e inteligente. ¡Deberían de estar muy contentos por ello!”

Trump declaró este fin de semana que le pidió personalmente a Claudia Sheinbaum dejar de hacer envíos de petróleo mexicano a Cuba, y la mandataria habría cumplido con la solicitud.

¿Acaso esta acción de gobierno es consecuencia del “cariñoso” piropo?

La relación de Claudia Sheinbaum con el implacable Donald Trump parece sacada de un manual de psicología política: una mezcla incómoda de necesidad y rechazo, de cálculo frío y resentimiento ideológico.

Un “te odio y te quiero” que define, mejor que cualquier discurso, el momento que vive México frente a su vecino del norte.

Sheinbaum sabe —porque así lo dicta la realidad— que Estados Unidos es una potencia indispensable.

Lo es en comercio, en seguridad, en migración, en estabilidad financiera.

Pero también lo odia o al menos desconfía de él, por formación. Sus padres militaron en la izquierda más dura del país y esa herencia doctrinaria marcó su visión del mundo.

De ahí la narrativa insistente de soberanía, independencia y autodeterminación; de ahí el reflejo automático de ver en Washington la sombra del “imperialismo” que durante décadas fue señalado como el enemigo principal.

Ese choque interno no es menor. La presidenta gobierna con la cabeza “fría”, pero reacciona con el estómago. Y cuando el interlocutor es Trump —directo, rudo, transaccional— la tensión se vuelve visible.

Cooperar con Estados Unidos, para Sheinbaum, no es sólo una decisión estratégica: es un conflicto identitario. Cada gesto de acercamiento contradice años de formación ideológica; cada distancia, en cambio, tiene costos inmediatos para el país.

Trump no juega a la retórica. Exige resultados, impone tiempos, reduce los problemas a ecuaciones simples.

Esa forma de ejercer el poder choca con la liturgia política de la izquierda mexicana, acostumbrada al discurso largo y a la épica simbólica.

Así, mientras México necesita coordinación efectiva, la presidenta parece atrapada entre dos fuegos: el pragmatismo que la realidad demanda y la ortodoxia que su historia personal le recuerda.

El riesgo es evidente. Gobernar desde la contradicción permanente desgasta. Convertir la política exterior en un ejercicio emocional puede salir costoso.

El mundo no espera a que se resuelvan dilemas ideológicos; actúa. Y Trump, con o sin simpatías, ejecuta siempre.

México no puede darse el lujo de una relación enfermiza con su principal socio. La soberanía no se defiende con consignas, sino con resultados. Y en esa balanza, el “te odio y te quiero” puede terminar inclinándose hacia el lado equivocado si la presidenta no logra separar la biografía del interés nacional.

Más vale tener los pies bien puestos sobre la tierra, que ver volando sobre Palacio Nacional un piropo ficticio.

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