La vida nos enseña que las apariencias y las palabras engatusan y que, como apunta el viejo refrán, “no todo lo que brilla es oro”.
Y eso sucede de manera usual en los escenarios políticos de nuestro país.
La narrativa oficial de la llamada Cuarta Transformación insiste en presumir logros que, en el mejor de los casos, son discutibles y, en el peor, simplemente inexistentes.
Se manosea la verdad con habilidad propagandística para que el foco público no se pose donde realmente debería: en el auténtico botín político y económico que se reparte tras bambalinas, lejos del discurso moralizante que se vende a diario.
Los cuatroteros hablan de bienestar, de soberanía, de justicia social, mientras los indicadores duros cuentan otra historia: crecimiento raquítico, inseguridad persistente, servicios públicos colapsados y una administración que parece más ocupada en justificar el pasado que en construir el futuro.
El relato se ha vuelto un fin en sí mismo. Importa más imponer la versión que resolver el problema.
En medio de este contexto, la presidenta Claudia Sheinbaum parece haber perdido el rumbo del país. No por falta de capacidad técnica, sino por una indefinición política que resulta cada vez más evidente.
México navega sin brújula porque su jefa de Estado no ha decidido —o no puede concretar— qué línea seguir: ¿obedecer las señales que se envían desde Palenque, Chiapas, o asumir con autonomía la responsabilidad que implica sentarse, simbólicamente, frente al Salón Oval de la Casa Blanca?
La ambigüedad no es gratuita. Gobernar con un ojo puesto en el pasado y otro en la presión internacional paraliza la toma de acuerdos.
Se posponen definiciones clave en seguridad, economía y política exterior por temor a incomodar al caudillo de ayer o al socio arrogante e incómodo del presente.
El resultado es un país atrapado entre lealtades políticas y las presiones externas en torno al poder.
Mientras tanto, el discurso oficial sigue inflando éxitos imaginarios y maquillando fracasos reales.
Pero la propaganda tiene fecha de caducidad. La realidad, tarde o temprano, termina por imponerse. Y cuando eso ocurre, ya no hay narrativa que alcance para explicar por qué México avanzó como un barco a la deriva, sin rumbo claro, en uno de los momentos más delicados de su historia reciente.
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