febrero 7, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

El hombre se casa con el presente; la mujer, con el futuro

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Hay enunciados que incomodan porque parecen generalizar, y sin embargo persisten porque tocan algo verdadero.

“El hombre se casa con el presente y la mujer con el futuro” no es una sentencia biológica ni una ley universal. Es una metáfora racional y relacional: una forma de nombrar dos maneras distintas —y muchas veces complementarias— de mirar la vida y el amor.

El hombre, con frecuencia, llega al matrimonio desde lo que ya es: su momento vital, su estabilidad —o su ausencia—, su aquí y ahora. Se casa con lo que tiene entre las manos, con el presente que considera suficiente. Ama desde lo inmediato, desde lo tangible, desde lo que puede sostener hoy. No porque no sueñe, sino porque su forma de amar suele anclarse en el ahora: así soy, así estoy, con esto cuento.

Cuando uno se casa solo desde el enamoramiento, la relación suele ser frágil. Lo que la sostiene es el deseo, la emoción intensa, la atracción. Y eso, inevitablemente, cambia. Recuerdo a Pacho O’Donnell, quien afirmaba que el enamoramiento dura, en promedio, de dos a tres años. El hombre, muchas veces, se queda ahí: en el olor, la belleza, el placer, la fascinación del presente.

La mujer, en cambio, suele amar desde lo que puede llegar a ser. No se casa solo con el hombre que ve, sino con el hombre que intuye, que proyecta, que espera. Se casa con una promesa, con una posibilidad, con un futuro que aún no existe, pero que ella ya habita. Ama con una mirada larga, profunda, paciente —aunque a veces dolorosamente exigente—. No por ingenuidad, sino porque su amor tiende a construir, a anticipar, a sostener procesos.

Ahí nace una de las grandes tensiones del matrimonio: uno vive el presente como hogar; la otra vive el futuro como esperanza. Cuando esta diferencia no se reconoce, aparecen los reproches silenciosos.

Él siente que nunca es suficiente.

Ella siente que él no avanza.

Pero cuando se comprende, ocurre algo extraordinario: el presente se vuelve fértil y el futuro se vuelve posible.

El hombre necesita aprender que el amor no solo se disfruta, también se cultiva.

La mujer necesita aprender que el amor no solo se espera, también se acepta.

No se trata de que uno cambie al otro, sino de que se acompañen en el tiempo. El presente sin futuro se estanca; el futuro sin presente se frustra. El matrimonio maduro logra ese equilibrio delicado: vivir lo que hay sin renunciar a crecer hacia lo que puede ser.

Tal vez por eso tantas historias se rompen no por falta de amor, sino por un desfase de tiempos. Uno corre, el otro se queda. Uno espera, el otro se conforma. Y ambos, sin decirlo, se sienten solos.

Esta frase no acusa: invita a dialogar.

¿Desde dónde amo yo? ¿Desde el hoy que ya tengo o desde el mañana que espero?

Porque amar no es solo coincidir en el presente ni prometerse un futuro ideal. Amar es aprender a caminar juntos en el tiempo, sin que uno arrastre al otro ni lo abandone en la espera.

Quizá la verdadera madurez del amor llegue cuando el hombre aprende a mirar más allá del hoy, y la mujer aprende a habitar con paz el ahora.

Ahí, justo ahí, el matrimonio deja de ser promesa o rutina… y se convierte en camino compartido.

Con el paso de los años, esta diferencia de miradas se vuelve más nítida. A los diez años, muchos matrimonios aún caminan entre ilusiones y desencantos; a los veinte, descubren que amar no era solo coincidir, sino aprender a conversar lo que duele; a los treinta o más, entienden que el verdadero vínculo no fue llegar juntos, sino seguir eligiéndose cuando el presente dejó de parecerse al futuro soñado.

Algunos lograron armonizar el hoy con el mañana; otros se quedaron esperando que el tiempo resolviera lo que nunca se atrevieron a nombrar.

Para quienes siguen casados, estas líneas no son un juicio, sino una invitación serena a volver a mirarse con honestidad y ternura: a preguntarse desde dónde están amando hoy y hacia dónde quieren caminar ahora.

Y para quienes se separaron, se divorciaron o enviudaron, este texto no pretende reabrir heridas ni señalar culpas, sino reconocer que también ahí hubo amor verdadero, entrega sincera y aprendizaje profundo. No todos los futuros se cumplieron como se imaginaron, pero muchos presentes fueron reales y valiosos.

Al final, la vida no se mide solo por lo que duró una historia, sino por lo que nos transformó mientras la vivimos.

gerardolunadar2013@gmail.com

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