¿Cuánto tiempo más vamos a tolerar a truhanes hambrientos de poder, empeñados en obtener ventajas políticas a costa de la nación?
La pregunta incomoda, pero es necesaria. Porque mientras el abuso se normaliza y el discurso oficial se repite como dogma, el silencio de millones de mexicanos se vuelve una forma de participación.
Callar también es decidir. Y hoy, ese silencio nos convierte en cómplices.
La historia enseña que los regímenes no se sostienen solo por la fuerza de quienes gobiernan, sino por la resignación de quienes obedecen sin cuestionar.
La gente, cuando pierde la resistencia, termina alineándose con aquello que juró no permitir: las fuerzas del mal.
Se acostumbra al atropello, justifica la mentira y tolera la arbitrariedad con tal de no incomodarse.
Siete años han sido suficientes para mostrar el verdadero rostro de la llamada transformación.
Lejos de fortalecer las instituciones, se les ha debilitado; en lugar de unir, se ha sembrado división; donde debía haber legalidad, se ha impuesto la voluntad del poder oficial.
La República no se destruye de un día para otro: se erosiona lentamente, entre aplausos inducidos y críticas silenciadas.
Lo más triste no es solo el daño institucional, sino la apatía social. La normalización del abuso. El “no pasa nada”. El “así son todos”.
Ese conformismo es el fertilizante del autoritarismo. Porque cuando la ciudadanía renuncia a exigir, el poder deja de tener límites.
Ser cómplice no siempre implica aplaudir; basta con mirar hacia otro lado. Y hoy, México no puede darse ese lujo. La democracia no se hereda intacta: se cuida o se pierde. Y perderla —por silencio o miedo— sería una responsabilidad que la historia no absolverá.
Imagen de portada: Las excusas son siempre causas cómplices /// https://www.alonso-businesscoaching.es/
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