Por donde se le vea, la situación económica, política y social de México no avizora para el futuro inmediato buenas noticias. Se puede estar o no estar de acuerdo con el gobierno de la autodenominada cuarta transformación, pero si nos atenemos a los indicadores reconocidos por la métrica internacional, en materia económica nuestro país mantiene un preocupante estancamiento y no se advierten signos de un eventual reacomodo porque la inversión pública y privada luce dubitativa para activarse. Y así se mantendrá hasta conocer los términos en que se acuerde el Tratado Comercial entre México, Canadá y los Estados Unidos. En cuanto a lo social, si bien la oficialidad presume una reducción de la pobreza y un aumento del grosor de la clase media mexicana, debemos asumir que mucho se debe a los ingresos extraordinarios provenientes de los programas sociales, es decir, una clase media poco productiva, prendida de alfileres porque si los programas referidos se suspenden esa clase media se verá reducida de inmediato. En lo político, la polarización ha dividido al país entre “izquierdas” y derechas en momentos que debieran ser de unidad nacional, pero cuando desde el gobierno se estimulan las fisuras la sombra de las tempestades oscurecen el camino.
No vamos bien, porque la inseguridad sigue a flote, pese al esfuerzo gubernamental que no se atreve ir más allá de la detención de operadores del crimen. Porque permea en un sector importante de la sociedad mexicana un sentimiento de impotencia por la perdida de calidad de vida. Porque en materia de salud aun no somos capaces de retomar el nivel de atención médica anterior a 2018. Tampoco alcanzamos a crecer al “mediocre” porcentaje del 2 por ciento de la etapa neoliberal pues crecemos a menos del 1 por ciento a partir de 2019. Peor aún, la deuda pública ha crecido exponencialmente sin que en el escenario nacional haya reflejo de cómo se gastó ese dinero. Por si no bastara ahora ya no es posible acudir al auxilio de los fideicomisos porque fueron consumidos por un gasto estratosférico destinado a las “grandes” obras sexenales del periodo 2018-2024. Y si hubiera algo más para el pesimismo, esas obras ya concluidas ahora orbitan pesadamente sobre el presupuesto federal del que absorben suculentas partidas para seguir funcionando, es decir, gastan más de lo que ganan. Con esos truenos, rayos y centellas ¿quién pudiera estar optimista?
Imagen de portada: ¿De dónde proviene la expresión ‘Rectificar es de sabios’? /// https://www.20minutos.es/
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