Hay domingos que parecen diseñados para que todo luzca mejor de lo que realmente es. El del Primer Informe de la gobernadora Rocío Nahle fue uno de ellos cielo limpio, aire templado, Plaza Lerdo arreglada como para una foto de calendario. Vi las imágenes con la distancia que da la pantalla y la memoria, ese espacio donde todos aplauden, aunque nadie sabe muy bien si aplaude por convicción o por el lente que los observa.
Lo cierto es que en Veracruz los informes nunca cuentan lo que una quisiera saber, cuentan lo que el gobierno quiere decir. Eso siempre ha sido así, con cualquier partido y con cualquier apellido. Pero esta vez me llamó la atención la velocidad con la que la euforia se desvaneció. La espuma duró lo que dura un discurso bien ensayado: poco. Después quedó el eco de los aplausos y ese silencio incómodo que aparece cuando se acaba la música, pero la fiesta no termina de arrancar.
Mientras revisaba los puntos destacados del informe, pensé en el contrapeso más terco que tiene cualquier gobierno, la vida cotidiana. Porque allá afuera no hay listas de logros ni cifras redondeadas. Allá afuera la medida es otra, si alcanzó la quincena, si la ruta del camión es segura, si el centro de salud tiene médico, si las noches se sienten tranquilas o se atraviesan con “el Jesús en la boca”. El informe puede hablar de avances, pero el ciudadano habla de realidades y -esas- rara vez coinciden con la retórica del escenario.
También me detuve en algo que siempre regresa, aunque no queramos, el norte del estado. Ese territorio que sigue padeciendo los daños de la inundación más caótica que se tiene registrada en Veracruz ¿Cómo habrá caído el informe allá? A veces pienso que si midiéramos el éxito gubernamental en zonas como Álamo, Ilamatlán, Zontecomatlán, la historia sería distinta. No más dura, simplemente más honesta.
Luego vino la Glosa, del 18 al 28 de noviembre. Un nuevo formato, más ágil según dijeron, pero que dejó la sensación de siempre: funcionarios defendiendo su parcela, diputados cuestionando desde trincheras previsibles y una ciudadanía observando a la distancia, sin que nadie explique cómo lo ahí dicho se convertirá en mejoras palpables. Pero la etapa más simbólica no fue esa. La pieza central llega hoy miércoles.
Este miércoles, al mediodía, la gobernadora comparecerá ante el pleno del Congreso del Estado, en la sesión ordinaria del primer periodo del segundo año legislativo. Un acto que cumple con el mandato constitucional, pero que sobre todo cumple con el ritual político: ahí se darán cita alcaldes electos y alcaldes que ya se despiden, diputados que quieren lucir, dirigentes partidistas que entienden el valor de una fotografía, operadores de la 4T que saben medir gestos, y seguramente algún representante del gobierno federal listo para dar el espaldarazo correspondiente. La clase política veracruzana, reunida en pleno, asistiendo a un evento donde todo parece importante.
Y mientras todo eso se prepara, aparece —cómo no— la sombra mayor. Andrés Manuel López Obrador reapareció con libro nuevo y discurso viejo, recordándonos que la política mexicana no permite retirarse del todo. Su sola presencia reacomodó la conversación nacional y dejó claro que aún puede opacar a la presidenta en funciones… y también a quienes gobiernan los estados. No sé si eso habla de él o habla de un país que todavía no sabe soltar a sus caudillos.
Entre la Glosa, la comparecencia de mañana y la omnipresencia del expresidente, pensé en Veracruz, en sus rutinas, en sus preocupaciones pequeñas pero urgentes. Pensé en qué significa realmente cumplir un año gobernando un estado tan complejo. No en términos institucionales, sino en la piel de la gente. Ese es el informe que nunca se lee en público: el del costo emocional, económico y social que carga cada veracruzano sin cámaras ni reflectores. El único informe que no se puede maquillar.
Desde hace muchos años pienso que los informes no están hechos para informar, sino para sostener una narrativa que el poder necesita repetir para convencerse de sí mismo. Veracruz no necesita épica, necesita resultados, pero ahí vamos otra vez, como cada año, entre glosas, comparecencias, informes brillosos y realidades tercas, intentando distinguir qué es logro, qué es intención… y qué es simplemente el viejo arte mexicano de gobernar contando historias que suenan mejor de lo que se sienten.
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