En México, el crimen organizado avanza con velocidad de vértigo.
No tropieza, no duda, no se detiene. Prospera y, lo más grave, se incrusta en las instituciones públicas como un cáncer que hace metástasis sin freno.
Mientras las familias lloran a sus muertos, los grupos criminales celebran nuevas conquistas territoriales.
La tragedia es evidente: en la tierra del “abrazos, no balazos”, los que sí usan balas han ganado poder, dinero y control.
Porque la política de la permisividad disfrazada de humanismo resultó ser un fracaso monumental.
Abrazaron a los que dan balazos y los balazos se multiplicaron.
Los criminales encontraron en esa consigna un pacto tácito: puedes dominar, puedes extorsionar, puedes matar… que aquí nadie te molestará.
Hoy, el crimen organizado detenta el poder en vastas regiones del país.
Cobra impuestos –el llamado “derecho de piso”—que asfixian a comerciantes y productores.
Decreta quién gobierna y quién desaparece.
Administra la vida y la muerte como si México fuese su finca particular.
¿Dónde quedó el Estado?
¿Quién gobierna realmente?
La impunidad se volvió la ley no escrita de esta nación herida.
Si el gobierno permite que los criminales queden impunes y negocia con ellos –calladito, sin actas ni sellos oficiales—no hay transformación que valga.
Solo hay degradación y miedo.
Sin embargo, México no está condenado. No es un destino fatal ni un designio irreversible.
La historia de nuestro país no la deben escribir los sicarios ni los cobardes.
Para derrotar a la delincuencia organizada se necesitan dos fuerzas fundamentales: servidores públicos valientes y una juventud rebelde.
Políticos que no le teman a la verdad ni al poder que nace del pueblo. Políticos que entiendan que no hay paz posible con quienes viven del terror.
Y jóvenes que se indignen, que no acepten la normalización del horror. Jóvenes que no se resignen a vivir en un país donde las balas tienen más poder que las urnas.
Los adolescentes de México han despertado. Han salido a las calles con carteles, con voces, con convicción.
No tienen armas, pero tienen futuro; y por eso mismo, son la amenaza más grande para quienes pretenden arrebatarles el mañana.
No permitamos –por incompetencias, por acuerdos oscuros o por intereses de grupúsculos—que quienes juraron defender la democracia sean los mismos que la destruyen.
México se juega la vida en esta batalla.
Y no hay tiempo para más abrazos equivocados.
Imagen de portada: En México, el crimen organizado avanza con velocidad de vértigo.
No tropieza, no duda, no se detiene. Prospera y, lo más grave, se incrusta en las instituciones públicas como un cáncer que hace metástasis sin freno.
Mientras las familias lloran a sus muertos, los grupos criminales celebran nuevas conquistas territoriales.
La tragedia es evidente: en la tierra del “abrazos, no balazos”, los que sí usan balas han ganado poder, dinero y control.
Porque la política de la permisividad disfrazada de humanismo resultó ser un fracaso monumental.
Abrazaron a los que dan balazos y los balazos se multiplicaron.
Los criminales encontraron en esa consigna un pacto tácito: puedes dominar, puedes extorsionar, puedes matar… que aquí nadie te molestará.
Hoy, el crimen organizado detenta el poder en vastas regiones del país.
Cobra impuestos –el llamado “derecho de piso”—que asfixian a comerciantes y productores.
Decreta quién gobierna y quién desaparece.
Administra la vida y la muerte como si México fuese su finca particular.
¿Dónde quedó el Estado?
¿Quién gobierna realmente?
La impunidad se volvió la ley no escrita de esta nación herida.
Si el gobierno permite que los criminales queden impunes y negocia con ellos –calladito, sin actas ni sellos oficiales—no hay transformación que valga.
Solo hay degradación y miedo.
Sin embargo, México no está condenado. No es un destino fatal ni un designio irreversible.
La historia de nuestro país no la deben escribir los sicarios ni los cobardes.
Para derrotar a la delincuencia organizada se necesitan dos fuerzas fundamentales: servidores públicos valientes y una juventud rebelde.
Políticos que no le teman a la verdad ni al poder que nace del pueblo. Políticos que entiendan que no hay paz posible con quienes viven del terror.
Y jóvenes que se indignen, que no acepten la normalización del horror. Jóvenes que no se resignen a vivir en un país donde las balas tienen más poder que las urnas.
Los adolescentes de México han despertado. Han salido a las calles con carteles, con voces, con convicción.
No tienen armas, pero tienen futuro; y por eso mismo, son la amenaza más grande para quienes pretenden arrebatarles el mañana.
No permitamos –por incompetencias, por acuerdos oscuros o por intereses de grupúsculos—que quienes juraron defender la democracia sean los mismos que la destruyen.
México se juega la vida en esta batalla.
Y no hay tiempo para más abrazos equivocados.
Imagen de portada: GACETA UNAM/// “Aspiramos a domesticar al crimen organizado, pero estamos lejos de lograrlo” (2023)
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